martes, 5 de abril de 2016

EL CAMINO


De bigote handlebar, con las puntas tenuemente adelgazadas y sin enroscar, mentón afilado y cabeza afeitada hasta ese lugar fronterizo que marcan las patillas, la imagen del escritor Jesús Carrasco no pasa desapercibida. Y si en determinadas ocasiones la figura que presentamos de nosotros mismos a los demás es el fruto de un algoritmo que escapa a nuestra intención, en el caso de un redactor publicitario –conocedor de las reglas de la mercadotecnia– el azar juega sólo un papel sutil.

El autor de Intemperie (Seix Barral, 2013), novela que le reportó un éxito contundente, que ha sido traducida a veinte idiomas y cuyos derechos de explotación cinematográfica ya han sido adquiridos por una productora, pasó la semana pasada por nuestra ciudad, de la mano del Centro Andaluz de las Letras y con la escritora Mar de los Ríos ejerciendo de anfitriona para presentar su segunda novela, La tierra que pisamos (Seix Barral, 2016).
 
 

Intemperie fue vista por la crítica como un navajazo al panorama literario del momento. Un impacto certero subyugular. Y tengo que reconocer que me sorprendió la ardorosa acogida que tuvo. No tanto por la calidad de la obra, que está fuera de toda duda, sino por descubrir lo necesitada que se encontraba nuestra literatura de una voz que sorprendía por su mirada a lo rural. El registro bucólico de la obra, deliberadamente alejado de lo cosmopolita, recuerda a autores y novelas de hace varias décadas. Por ese motivo, Jesús Carrasco no tardó en recibir el marchamo de neorruralista. Es cierto que las comparaciones –sobre todo con Delibes y con Cormac McCarthy– dan lustre a la biografía del escritor, pero no es menos cierto que su obra y su verbo ágil no lo necesitaba.

En cualquier caso, con esta segunda novela, Jesús Carrasco continúa alimentando a los que depositaron las etiquetas en torno a su literatura. De nuevo el medio rural se erige en protagonista y el lenguaje, en gentil homenaje al léxico de un espacio y un tiempo mal definidos a propósito. Pero la calidad de su literatura nos hace pensar que la obra de este autor tiene que dar para mucho más de sí. Él amenaza con escribir novelas que no fondeen en lo rural. Y nosotros, los que esperamos que crezca abarcando otros territorios literarios, confiamos en que cumpla su advertencia más pronto que tarde.

El final de la presentación de La tierra que pisamos se diluyó de manera sutil entre conversaciones informales con el autor. La pequeña sala de la Biblioteca Villaespesa se presta al intimismo y al contacto que exige una obra como ésta. También en esas distancias Jesús Carrasco cumplió con las exigencias. Ahora sólo falta esperar a descubrir el camino que escoge.

 

martes, 15 de marzo de 2016

APUESTA


A lo largo del año pasado, se publicaron en Almería 1.300 libros, lo que coloca a nuestra provincia a la cabeza en lo que a edición literaria se refiere en Andalucía. Según datos de la Consejería de Cultura, en Almería se publica tanto, por ejemplo, como en Granada y Córdoba juntas. Estas cifras deberían llenarnos de alegría. Una sencilla asociación de ideas tendría que empujarnos a inferir que, si somos los que más libros lanzamos al mercado, probablemente también seamos los que más leemos…

A esto hay que sumar que en los últimos años se han abierto en la capital almeriense librerías como Bibabuk o The Good Dragons. Todo ello nos impulsa a ser optimista. El mercado del libro funciona en nuestra ciudad. Pero sospecho que detrás de todos estos datos –objetivos– la verdad sólo asoma a medias.  Un vistazo somero al mercado y el análisis de la realidad de un mundo sumamente cambiante como es el mundo editorial en el siglo XXI, probablemente nos devolvería a la realidad con suma crudeza y objetividad.
 
 

Pero no es el momento de que la realidad nos amargue el día. Hoy no. Hoy aún guardamos en las papilas gustativas el regusto dulce de la gala celebrada el pasado fin de semana con motivo de la entrega de los Premios Argaria, convocada por el Gremio de Libreros de Almería como reconocimiento a los libros de autores almerienses, de nacimiento o de adopción, más destacados el año pasado.

Entre los galardonados estaban narradores como Bruno Nievas –que ha conseguido hacerse un hueco en un sello tan notable como Ediciones B– o Fernando Martínez –que a golpe de premio literario ha logrado el reconocimiento que le ha valido publicar con la Editorial Algaida–. También se encontraban en la nómina de premiados otros autores como Juan José Ceba, Pepe Criado, Toño Jerez o Sensi Falán, bregadores infatigables por mantener viva la cultura almeriense.

La lucha de formato entre el papel y el digital comenzó hace tiempo, pero sigue viva. Los más agoreros aventuraban que a estas alturas el libro como objeto pertenecería a los museos. Pero no es así. El papel resiste. El formato electrónico gana posiciones, pero no al ritmo que tuvo hace unos años. Y para remar contra la corriente más pesimista, las editoriales almerienses se lanzan a publicar de manera continuada unos veinticinco libros cada semana. En determinadas cuestiones políticas y sociales parecemos avanzar a contrapié. Pero estoy seguro de que en literatura no es así. Estoy convencido de que libreros, editores y lectores no hacen sino responder a la necesidad real de apostar por la literatura. ¿No…?

 

martes, 8 de marzo de 2016

SENTIMIENTO


Si hay una palabra que defina por sí sola lo que es el flamenco, ésa es sentimiento. Por eso, que un libro de poesía donde el sentimiento se desliza entre verso y verso con la profundidad de un quejío se presente en una peña flamenca es sólo una maravillosa cuestión de coherencia. Si además esos poemas se llenan de una desnuda profundidad y un desgarro sencillo, la ecuación sólo podía entenderse en un entorno como el de la cueva que muerde la piedra de la Peña el Morato.

Y eso es lo que sucedió la semana pasada cuando Blanco roto, el último poemario de Aníbal García, comenzó a ser desgajado por su autor sobre la madera gastada del tablao flamenco. Los versos, que se desplazan de forma cotidiana por la vida de su autor, llenaron el aire de una sensibilidad sin excesos y una belleza rotunda. Y la luz un tanto tímida del interior de la peña, acostumbrada al lamento y la emotividad flamenca, se llenó de silencio para escuchar al poeta.

La edición corre a cargo de un sello editorial independiente, Raspabook, decididamente implicado con la literatura. Y el resultado, como no podía ser de otro modo, es un libro cuidado y bello donde la poesía se convierte en el horizonte de un pasado reciente lleno de luz.
 
 

A su lado, el murmullo de una guitarra. Las notas arrancadas a las cuerdas por Lumaga tienen el sabor de lo callejero. Suenan al rumor tranquilo de lo cotidiano en el atardecer del centro de la ciudad, con la funda del instrumento, como el perfil de un cadáver, esperando el reconocimiento. Luis Martínez es voz y desnudo. Intimismo de tiempo medio. Es música que huye de fuegos artificiales para mostrar la vida tal y como es.

A cada serie de poemas, la música replicaba dócil. Complacida. Cada giro de una vida tenía su imagen en la vida del otro. Porque música y poesía son experiencia.

Luis y Aníbal, Aníbal y Luis, mezclaron vivencias tangenciales con registros distintos. Anudaron experiencias con voz y guitarra. Como si la garganta y la madera formaran parte del mismo cuerpo, o como si el tiempo hubiera hilvanado dos momentos que hace mucho que existieron. Luego, de camino a casa, y con la convicción de que al final uno termina convirtiéndose en lo que escribe, el recuerdo de algunos acordes terminaba de poner la música a los versos del poeta.

 
 

martes, 23 de febrero de 2016

CIENCIA Y LITERATURA


Es muy fácil colocar a la ciencia y a la literatura en mundos distintos. Lo hacemos constantemente. Tenemos asumido que para lograr un fondo de eso que llaman “cultura general” es imprescindible poseer vastos conocimientos literarios y, sin embargo, actuamos con notable benevolencia frente al que demuestra su ineptitud en los más elementales conceptos científicos. Parece que ambos actúan en universos que se ignoran. Y esa diferencia radica en el papel que estas dos disciplinas conceden a la herramienta de la que se sirven: el lenguaje. Mientras que la literatura encuentra su sentido de ser en él, la ciencia lo utiliza simplemente con un mal necesario para describir el mundo.

Pero esto no siempre es así. Existen casos en los que ciencia y literatura se ponen al servicio de un mismo objetivo y consiguen que el producto creativo se alimente por igual del uno y de la otra. El primer caso lo encontramos en escritores sin formación científica que escriben de ciencia. Y es así, por ejemplo, en libros como El nombre de la rosa (de Umberto Eco) o Las partículas elementales (de Michel Houellebecq), que hablan de la ciencia medieval o de la investigación en el campo de la genética. Pero también es el caso de escritores como Julio Verne, Borges o Aldous Huxley, que se tomaron ciertas licencias literarias para hacer ficción e incluso “adivinar” la llegada de elementos tecnológicos futuribles como el submarino.
 
 

El siguiente caso lo encontramos en escritores con formación científica que se han atrevido con la ficción literaria con un trasfondo científico. Entre estos escritores podemos destacar a Isaac Asimov, Michael Crichton, Carl Sagan o Arthur C. Clarke, cuyas obras tienen un indudable valor creativo.

Y por último están los escritores con formación científica, pero que en sus obras han abogado por explorar otros mundos. Entre ellos están, por ejemplo, Juan Benet (ingeniero), Pío Baroja (médico) o Ernesto Sábato (físico). De la mente de estos científicos han salido obras como El árbol de la ciencia, Sobre héroes y tumbas o Volverás a Región. Pero en este grupo también encontramos a científicos que han escrito poesía con verdadero acierto. Entre ellos se encuentran Erwin Schrödinger (Premio Nobel de Física) o los españoles Francisco García Olmedo o Jorge Riechman.

La integración de la ciencia en nuestra sociedad, como parte de la cultura, es aún una tarea pendiente. Y una parte importante de esa tarea corresponde a la literatura. Ambas, ciencia y literatura, tendrán que recorrer el camino juntas. Porque, como escribió Edgar Allan Poe, “¡Oh Ciencia!, tú eres la verdadera hija del viejo tiempo”, y éste constituye uno de los pilares básicos sobre los que se asienta la literatura.

 

 
 

miércoles, 17 de febrero de 2016

POESÍA Y FILOSOFÍA


La facultad de poesía José Ángel Valente ha abierto sus puertas. Con el alma del poeta paseando por sus ficticios pasillos, el susurro de sus poemas colándose por los huecos de las ventanas –como este viento mediterráneo- y sus aulas quiméricas repletas del entusiasmo del primer día de curso, el acto inaugural bautizó de poemas este proyecto. El espacio elegido para dar cuerpo a la puesta de largo fue el Centro Andaluz de la Fotografía –CAF– y entre los asistentes, Carlos Pérez Siquier, que parecía velar por la perfecta comunión entre los poemas y las imágenes de Antoni Arissa.

Raúl Quinto hizo de maestro de ceremonias con Isabel Giménez Caro limando sus uñas a base de nervios desde la primera fila. Y Chantal Maillard ejerciendo su magisterio –en el sentido etimológico de la palabra: máxima autoridad– ante un aforo entregado y repleto. El fotógrafo Pablo Juliá –director del CAF– la presentó como una niña que no deja de preguntarse por qué. Y ella, por no contradecirlo, correspondió con un gesto infantil escondido detrás de media sonrisa que quería encerrar el misterio de la inocencia. Luego, la poeta leyó algunas de sus creaciones con las eses belgas de su acento resbalando entre los renglones de los poemas.


Alternaba silencios precisos y versos afilados, con los dibujos de David Escalona. Dibujos que dialogan con el espacio donde mueren los pájaros. Dibujos que ponían el acento en la voz pausada de Chantal. Dibujos que plantean tantas preguntas como respuestas. Dibujos de trazos metafóricos, de dedos, de manos, de hilos y de líneas que unen universos alojados en distintos planos.

La poeta sujetaba las palabras con su mano izquierda mientras que con la derecha marcaba el ritmo de su lectura. Un ritmo calmado y reflexivo para una poesía íntima que coqueteaba con las fotografías en blanco y negro de la segunda planta. Poesía con la voz un poco gastada, como esas mismas imágenes, por el tiempo y la experiencia.

A Chantal Maillard le ha sido concedido el Premio Nacional de Poesía y el de la Crítica por dos obras –Matar a Platón (Tusquets, 2004) e Hilos (Tusquets, 2007), respectivamente– en las que la poesía y la filosofía se muestran cada una como el reflejo en el cristal de la otra y se reconocen desnudas, despojadas de seguridad, para entender sus fracasos. Porque seguir escribiendo y seguir preguntándose por qué son el resultado de un fracaso. Pero la filosofía y la poesía también dialogan en la obra de esta autora para darse sentido mutuamente, poniendo el acento una en lo singular –la poesía– y la otra en lo universal –la filosofía–.

 

martes, 9 de febrero de 2016

BODAS DE SANGRE


Los campos de Níjar son un terreno árido. Un paisaje lunar en el que la vida se termina abriendo paso a fuerza de un enorme sacrificio y de una gran dosis de sobriedad. El desarrollo presente ha conseguido amansar su fiereza, pero asomarse al retrovisor nos permite imaginar la dureza pretérita de esa tierra despiadada. Así que propongo un viaje hasta el verano de 1928 para imaginar el contexto en el que una boda tiene que celebrarse a las tres de la madrugada y los invitados tienen que hacer el viaje de noche para no sucumbir al rigor del sol. Si la historia la sazonamos con un enlace concertado, una huida hacia ninguna parte y la muerte haciendo justicia a la traición, el escenario literario que la realidad brindaba resultaba inmejorable.
Eso fue lo que debió de pensar Federico García Lorca cuando en aquellos días leyó en la prensa la historia trágica que había tenido lugar en el entorno del Cortijo del Fraile. Así que dejó que el relato reposara el tiempo necesario y cinco años después se estrenó Bodas de Sangre, inspirada en los hechos sucedidos en el levante de nuestra provincia. Unos años antes, la reivindicativa y feminista Carmen de Burgos ya había publicado otro libro inspirado en los mismos hechos, Puñal de Claveles, pero fue la obra del autor granadino la que dio carácter universal a la tragedia nijareña.
 
 
 
En estos días el cine vuelve a poner sobre el mantel de la actualidad lo sucedido en aquella calurosa madrugada de julio. Se trata de la película La Novia, dirigida por Paula Ortiz y con Inma Cuesta dando vida a la protagonista. La obra llevada al cine ha tomado más elementos de la obra lorquiana que de la realidad, pero eso es lo de menos. Licencias de la ficción. Lo importante es que el marchamo de “tierra de cine” vuelve a colgar del acento de nuestra provincia.
En la actualidad el Cortijo del Fraile cuenta con la declaración de Bien de Interés Cultural, pero eso no impide que se esté cayendo a pedazos. El ruinoso estado en el que se encuentra debería ser motivo de vergüenza tanto para los propietarios –la empresa Agrícola Mar Menor–, como para los políticos locales y autonómicos, acostumbrados como están a regatear esfuerzos con la cultura. Recientemente se han realizado trabajos para reforzar la fachada y la torre de la capilla, pero tengo la impresión de que no existe una intención real de colocar a este lugar en el sitio que debería ocupar. No es un secreto que los pueblos que crecen sin el respeto por su cultura terminan perdiendo su identidad y sus valores, y son ya demasiadas las oportunidades vencidas. Espero que en esta ocasión no hayamos consumido todo el crédito que el tiempo nos ha concedido y que verdaderamente exista voluntad de enmienda.

martes, 2 de febrero de 2016

MAR AZUL


El cielo mediterráneo, de luz incisiva y viva, se mostraba intensamente azulado en aquella mañana de invierno. Pero de repente, una inmensa bola de fuego se dibujó en lo alto. Un bombardero estadounidense B52 acababa de tener un accidente en pleno vuelo mientras realizaba una maniobra de llenado de combustible con su correspondiente avión nodriza. Ocurrió hace cincuenta años y marcó, indeleblemente, una fecha en la historia de un pueblo almeriense. Era el inicio de un tiempo nuevo para Palomares. Pero también fue el inicio de la ficción que el escritor Fernando Martínez López construyó en torno al accidente.

El libro al que me refiero se llama El mar sigue siendo azul (Editorial Baile del Sol, 2011) y en él su autor traza y anuda con maestría varias historias de amor, odio y venganza, en torno al desafortunado suceso. Todo ello sobre el esqueleto que conforma la vida de Pedro, cuyo primer grito vital se vio ahogado por el sonido del accidente, y la bélica relación entre un circunstancial habitante de Palomares de origen alemán y un estadounidense encargado de supervisar las oscuras tareas que se desarrollaron sobre el terreno. Porque Fernando Martínez es un fabricante de historias. Un artesano narrador con mucho tino, avalado por docenas de premios y menciones literarias.


 
En estos días se cumple el aniversario del incidente de Palomares y eso ha rescatado a esta gran novela de personajes literariamente cuidados y trama tejida con esmero, pero han transcurrido cinco años desde que viera la luz por primera vez y desde entonces Fernando Martínez no ha dejado de madurar como escritor y de cosechar éxitos. El último de ellos –y, probablemente, el que mayor reconocimiento le ha reportado– se lo debe a su novela Tu nombre con tinta de café (Editorial Algaida, 2014), ganadora del prestigioso Premio Felipe Trigo y que le valió a su autor estar nominado al Premio Andalucía de la Crítica junto a escritores de la talla de Antonio Muñoz Molina o Luís García Montero.

Fernando Martínez nació en Jaén, pero vive en Almería desde su temprana infancia. En la actualidad es un profesor de Física y Química de trato cortés, aire bohemio y conversación amena, enamorado de la literatura y del Parque Natural de Cabo de Gata. Sus muchos relatos y sus ocho novelas publicadas nos hablan de un escritor disciplinado, que cuida la narración hasta el último detalle y que no se confía al azar. De un hombre que disfruta de lo que hace y de la relación que su literatura le permite con los lectores. De alguien que no deja que los premios nublen el camino y tremendamente consciente de que, a pesar de todo, el mar sigue siendo azul.